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viernes, 20 de noviembre de 2015

VIRAL: El mundo de las comparaciones

Son muy habituales, comunes y muy molestas. No hay ninguna gratificante ni que sea satisfactoria, ninguna que nos haga mejores. Las hay canallas e incómodas. Nos rodean, habitan nuestro habla y el de los de nuestro alrededor. Se lanzan, discreta o directamente. Y duelen.

Desde muy temprana edad, nuestros propios padres nos comparan con el que saca mejores notas, con el responsable, el que no se llena la ropa de tierra cuando va al parque, el que obedece a su madre cuando le riñe… Podríamos decir que las comparaciones yacen incluso antes de posar a cuerpo presente en nuestra cuna, o en la del hospital. Comparan nuestro peso, nuestro comportamiento en el útero; cualquier acción, aspecto o práctica que pueda llevar consigo o ser digna de dicho examen.

Cuando tomamos uso de razón, la acción corre también de nuestra cuenta. Como si de un gin tonic se tratase. Nos invitamos a tomarlas, nos emborrachamos de comparaciones y, poco a poco, nos va doliendo la cabeza. Tan directamente proporcional como las copas que bebemos una noche a la resaca del día siguiente, pues igual con esto. Pero esto no es un malestar instantáneo, si no que se va acumulando y fluyendo con más caudal al paso del tiempo. Hasta que hemos creado una sociedad donde yo me comparo, tú me comparas, nosotros nos comparamos, todo se compara. La piña del cotejo.

Aunque peculiar, me gusta distinguir comparaciones de distinto rango: de superioridad, igualdad e inferioridad. Las primeras vienen dadas por la efusividad del momento, por gente que nos quiere de verdad o por cumplidos. Véase cuando nos comparan con personas notorias, bien por su belleza, bien por sus destrezas.
Las de igualdad son menos comunes. Se hacen “sin ánimo de lucro”, sin intención alguna de ofender ni alagar al receptor.
Por último, tenemos las de inferioridad. Esta es la comparación por excelencia. La que trata de remover nuestra conciencia, agitar nuestras entrañas. Y es que pasa algo parecido a las bromas; unas pocas son digeribles, pero cuando son muchas se nos empalagan, nos atragantan y nos hacen vomitar.

Así, crecemos rodeados de “yo soy más que…”, “este es mejor que yo por…”, y esto debería erradicarse, deberíamos borrar estas equiparaciones de nuestra cabeza. Quiero remarcar una frase muy propicia a este tema de aquella mente brillante, Albert Einstein: “Todo el mundo es un genio. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de trepar un árbol, pasará el resto de su vida creyendo que es un idiota”. Tenemos que encontrar nuestra habilidad, nuestra competencia, y explotarla sin importarnos nuestro alrededor.


Porque cada individuo somos uno, no dos, ni tampoco igual. No hay parentesco ni rasgos físicos que nos igualen a nadie. Somos magia, pero tal vez no sabemos o no hemos encontrado nuestro truco. No es fácil descubrirlo, sobre todo cuando hay de por medio algo tan fácil como la conformidad. Por eso, comparémonos con nuestro ayer para ser mejor mañana, y olvidemos lo demás…

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