Son muy habituales, comunes y muy molestas. No
hay ninguna gratificante ni que sea satisfactoria, ninguna que nos haga mejores.
Las hay canallas e incómodas. Nos rodean, habitan nuestro habla y el de los de
nuestro alrededor. Se lanzan, discreta o directamente. Y duelen.
Desde muy temprana edad, nuestros propios
padres nos comparan con el que saca mejores notas, con el responsable, el que
no se llena la ropa de tierra cuando va al parque, el que obedece a su madre cuando
le riñe… Podríamos decir que las comparaciones yacen incluso antes de posar a
cuerpo presente en nuestra cuna, o en la del hospital. Comparan nuestro peso,
nuestro comportamiento en el útero; cualquier acción, aspecto o práctica que
pueda llevar consigo o ser digna de dicho examen.
Cuando tomamos uso de razón, la acción corre
también de nuestra cuenta. Como si de un gin
tonic se tratase. Nos invitamos a tomarlas, nos emborrachamos de
comparaciones y, poco a poco, nos va doliendo la cabeza. Tan directamente
proporcional como las copas que bebemos una noche a la resaca del día siguiente,
pues igual con esto. Pero esto no es un malestar instantáneo, si no que se va
acumulando y fluyendo con más caudal al paso del tiempo. Hasta que hemos creado
una sociedad donde yo me comparo, tú me comparas, nosotros nos comparamos, todo
se compara. La piña del cotejo.
Aunque peculiar, me gusta distinguir
comparaciones de distinto rango: de superioridad, igualdad e inferioridad. Las
primeras vienen dadas por la efusividad del momento, por gente que nos quiere
de verdad o por cumplidos. Véase cuando nos comparan con personas notorias,
bien por su belleza, bien por sus destrezas.
Las de igualdad son menos comunes. Se hacen
“sin ánimo de lucro”, sin intención alguna de ofender ni alagar al receptor.
Por último, tenemos las de inferioridad. Esta
es la comparación por excelencia. La que trata de remover nuestra conciencia,
agitar nuestras entrañas. Y es que pasa algo parecido a las bromas; unas pocas
son digeribles, pero cuando son muchas se nos empalagan, nos atragantan y nos
hacen vomitar.
Así, crecemos rodeados de “yo soy más que…”,
“este es mejor que yo por…”, y esto debería erradicarse, deberíamos borrar estas
equiparaciones de nuestra cabeza. Quiero remarcar una frase muy propicia a este
tema de aquella mente brillante, Albert Einstein: “Todo el mundo es un genio.
Pero si juzgas a un pez por su habilidad de trepar un árbol, pasará el resto de
su vida creyendo que es un idiota”. Tenemos que encontrar nuestra habilidad,
nuestra competencia, y explotarla sin importarnos nuestro alrededor.
Porque cada individuo somos uno, no dos, ni
tampoco igual. No hay parentesco ni rasgos físicos que nos igualen a nadie. Somos
magia, pero tal vez no sabemos o no hemos encontrado nuestro truco. No es fácil
descubrirlo, sobre todo cuando hay de por medio algo tan fácil como la
conformidad. Por eso, comparémonos con nuestro ayer para ser mejor mañana, y
olvidemos lo demás…

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